En el tratamiento de la urticaria crónica, tanto dermatólogos como alergólogos poseen la formación necesaria para atender la mayoría de los casos de forma independiente. Sin embargo, según se presentó en la Conferencia Anual de Verano de la Sociedad de Asociados en Dermatología (SDPA) 2026, la coordinación entre estos especialistas puede facilitar la rápida resolución de casos complejos o severos.

Cuando el diagnóstico es incierto, los dermatólogos están mejor capacitados para descartar otras patologías cutáneas, mientras que los alergólogos desempeñan un papel importante en la identificación de posibles desencadenantes. Además, esta colaboración resulta útil cuando surgen dudas en los pacientes, por ejemplo, aquellos que cuestionan su diagnóstico debido a información en internet, o en casos de sospecha persistente de síndrome de activación mastocitaria (MCAS).

En tales situaciones, la derivación de los pacientes entre dermatólogos y alergólogos ayuda a clarificar los diagnósticos y a mejorar la aceptación por parte del paciente. No obstante, estas derivaciones son selectivas y se reservan para circunstancias en las que la historia clínica sea ambigua o los resultados de pruebas estándar no sean concluyentes.

El uso de pruebas alergológicas debe estar justificado por la presencia de un desencadenante claro, con una relación temporal estrecha con los síntomas. La guía internacional de urticaria 2026, avalada por organizaciones como la EAACI, la AAD y la AAAAI, recomienda limitar las investigaciones basales a hemograma diferencial, proteína C reactiva y velocidad de sedimentación globular, mientras que otros biomarcadores se emplean según la historia clínica.

El tratamiento sigue un algoritmo secuencial que inicia con antihistamínicos de segunda generación (cetirizina, fexofenadina) y, en caso de falta de respuesta, avanza hacia omalizumab, dupilumab o remibrutinib — este último aprobado por la FDA en octubre de 2025 para urticaria espontánea crónica — elegidos según comorbilidades y preferencias del paciente. Opciones adicionales incluyen antihistamínicos secundarios o inmunosupresores como metotrexato o micofenolato.

En resumen, la integración de las competencias de dermatólogos y alergólogos en el diagnóstico y tratamiento contribuye significativamente a abordar los casos difíciles de urticaria crónica, favoreciendo una atención más personalizada y eficaz.